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La Historia de un Jardín que Aprendió a Hablar

Había una vez un jardín sagrado que viajaba de generación en generación entre las mujeres de una familia.

Todo comenzó mucho antes de que ese jardín tuviera nombre.

El 5 de febrero de 1962 nació una niña que algún día sería madre. Ella recibió en sus manos invisibles las semillas de las mujeres que habían venido antes. Algunas eran semillas de amor, de fortaleza y de esperanza. Otras guardaban silencios, dolores y despedidas que nadie había logrado expresar completamente.

Durante años, aquel jardín creció acompañado por la presencia amorosa de una mujer que era raíz y refugio: la abuela.

Pero el 1 de octubre de 1978 el viento trajo una tormenta inesperada. La abuela partió a causa del cáncer, dejando un vacío profundo en la tierra familiar.

Y aunque las personas continuaron viviendo, amando y creciendo, algunas lágrimas quedaron enterradas bajo la superficie.

Los jardines tienen memoria.

Recuerdan incluso aquello que nadie les cuenta.

Ocho años después, el 7 de agosto de 1986, nació una nueva guardiana de aquel jardín.

Desde el primer día llegó con una misión que aún no conocía.

Su cuerpo fue fuerte y valiente.

Durante su infancia y juventud atravesó una larga travesía: veintiuna cirugías entre 1986 y 2007. Cada intervención dejaba una marca, pero también una enseñanza. Mientras otros veían cicatrices, el jardín aprendía sobre resistencia.

Sin embargo, cada experiencia iba dejando emociones sin nombrar.

Miedos.

Incertidumbres.

Preguntas.

Y el jardín seguía guardándolo todo.

A los once años, en 1997, llegaron las primeras lunas. El jardín abrió por primera vez sus puertas al misterio de crear vida.

Era un lenguaje nuevo.

Un ritmo antiguo.

Un llamado de la naturaleza.

Los años continuaron su curso y en enero de 2006 llegó el primer encuentro amoroso. El jardín comenzó a descubrir otra dimensión de sí mismo: la posibilidad de compartir, de abrirse y de confiar.

Parecía que todo avanzaba según los tiempos de la vida.

Hasta que en julio de 2015 ocurrió algo extraordinario.

Una pequeña semilla de vida eligió habitar aquel jardín.

Por unas semanas, el lugar se llenó de sueños, ilusiones y promesas.

Pero el 19 de septiembre de 2015 aquella semilla regresó al cielo.

Y el jardín quedó en silencio.

Un silencio que sólo conocen quienes han amado algo que no pudieron abrazar por mucho tiempo.

Los días siguieron avanzando.

Desde afuera parecía que la vida continuaba.

Pero los jardines también lloran.

Y cuando las lágrimas no encuentran palabras, buscan otros caminos.

Con el tiempo apareció una visitante inesperada: la endometriosis.

Muchos la vieron como una enfermedad.

Otros la llamaron problema.

Pero el jardín sabía que era algo más.

Era una mensajera.

Había llegado para decir:

"Escúchame."

"Hay historias que aún necesitan ser contadas."

"Hay duelos que merecen ser honrados."

"Hay dolores que buscan ser reconocidos."

La endometriosis no creó la historia.

La reveló.

Se convirtió en la voz de un jardín que durante años había sido fuerte para todos, pero que pocas veces había podido expresar su propio cansancio.

Y entonces la guardiana comenzó a comprender.

Comprendió que sanar no siempre significa borrar las cicatrices.

A veces significa mirarlas con amor.

Comprendió que el cuerpo no es un enemigo.

Es un aliado que intenta comunicarse.

Comprendió que la pérdida no elimina el amor.

El amor permanece, transformado.

Y comprendió algo aún más importante:

que las mujeres de su linaje no eran sólo las historias de dolor que habían vivido.

También eran la fortaleza que las había sostenido.

La abuela seguía presente en las raíces.

La madre seguía presente en el tronco.

Y ella era ahora la flor que tenía la oportunidad de transformar la memoria familiar en consciencia.

Desde entonces, cada vez que el jardín dolía, la guardiana intentaba escuchar.

No para luchar contra él.

Sino para comprenderlo.

Porque descubrió que el cuerpo habla cuando el alma necesita ser escuchada.

Y que toda herida, cuando es abrazada con amor, puede convertirse en una puerta hacia una versión más sabia, más compasiva y más consciente de uno mismo.

Y así, el jardín siguió floreciendo.

No porque hubiera olvidado su historia.

Sino porque finalmente había decidido honrarla.


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